La batalla más grande y duradera en la que los españoles nos hemos visto inmersos y de la que hemos salido repetidamente escaldados no tiene nada que ver con los países bajos, ni con el desastre contra Estados Unidos y ni siquiera con la pérdida de las colonias. En ella no perdimos tierras, ni hombres, aunque sí la dignidad, esa necesaria para sentirnos cosmopolitas, ciudadanos del mundo o parte de Europa. De hecho, todavía estamos inmersa en ella, una guerra paulatina contra un enemigo invisible: los idiomas.
Los españoles, cuando no tenemos una reivindicación regionalista o nacionalista de por medio, somos unos auténticos ladrillos a la hora de expresarnos en una lengua distinta a la de Cervantes (Miguel, no Remedios, se entiende). De hecho, la única población que es considerada bilingüe con una lengua anglosajona es Gibraltar. Se comenta que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día tras oír hablar a un llanito.
Pero de vez en cuando, un valiente ibérico decide coger las armas y al grito de “Close, Spain” se enfrenta a la ardua tarea de aprender una nueva lengua. Veamos aquí, las fases por las que pasamos todos los que hemos participado o participamos en esta guerra.
FASE 1. Primeros días.
Por fin de has decidido y te has apuntado a un curso de idiomas. Estás motivadísimo, nervioso por empezar las clases. La misma tarde del primer día de clase corres a comprarte los libros del método. Estás convencido de que se te dará genial. Te has prometido dedicarle una horita al día a repasar lo ya aprendido y que en seis meses sabrás desenvolverte con fluidez y acento perfecto.
Desde ese primer día, tu libro no dejará de acompañarte a todos lados, siempre con la portada hacia afuera. De vez en cuando durante una conversación, sin venir al caso, deslizarás un:
“Bueno, me voy a la biblioteca, que voy a estudiar un poco de arameo”.
¿Estudiar qué? ¡Si apenas sabes el abecedario!
Durante esos días, te encantará saludar a todo el mundo en el nuevo idioma, para que sepan que lo estás aprendiendo: “Salut, comment ça va?”. En realidad rezas para que nadie lo sepa también, porque como te contesten lo llevas claro.
FASE 2. Primeros meses.
Todavía estás pletórico, no en vano, avanzas a un ritmo exponencial: de no saber nada, en un mes ya sabes los colores del arcoíris, los números hasta el cien y a dar los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Ahora te has comprado un diccionario, y te encanta buscar palabras que, por supuesto, soltarás en cualquier momento que puedas:
-En Alemán, a las gominolas se les llama Gummibärchen.
De repente, te has vuelto un experto en las artes y el costumbrismo de ese país: te bajas música en esa lengua, ves películas y tu Nick del Messenger está escrito en ese idioma. Por supuesto, para frases complicadas no te vales todavía por ti mismo, así que la mayoría de ellas son o una burda transcripción literal, o se la has preguntado a tu profesor en clase. Cada cual de las dos opciones es más patética, aunque al menos la primera hace gracia:
“I Go oF fReE to tHe beAch. iS oR no iS, eh VaNe? “
En el caso de lenguas con otros alfabetos la cosa es aún más exagerada, ya que entras en una espiral de transcribir todo lo que se te ocurra y plasmarlo en tus apuntes, en tus cuadernos, en los cuadernos de tus amigos, o en cualquier pizarra que se te cruce.
“Ese es mi nombre en ruso”
A ver, no, me niego a pensar que alguien en Rusia se pueda llamar Azahara o Macarena.
FASE 3. Primeros chapurreos.
Llevas ya unos meses o incluso un par de años. De la hora diaria de estudio pasaste a la hora semanal, y ya ni eso. Pero sigues yendo todos los días a clase. Ya sabes saludar, responder al saludo, indicar las calles y direcciones, dar todos los datos de tu DNI y comprar pan.
“Ahora sí, es el momento, ¡voy a poner en mi currículum que tengo nivel medio de chino!”
¡Bravo! Te vas a cagar en tu entrevista de trabajo.
Según estudios de varias Universidades europeas, miles de tesis doctorales, encuestas en demoscopia, el CIS y demás, esta es, con toda seguridad, la fase en la que estás más gilipollas y repelente. Te la das de políglota cuando en realidad no tienes ni zorra. En muchas conversaciones con tus amigos “te equivocas” y hablas en el idioma estudiado: “What are you… que diga, ¿qué hacéis? Disculpad, pero es que ya me sale sólo”. Gilipollas, gilipollas, pero gilipollas.
Eso sí, para los que sufren este grado también tienen sus pequeños dulces. Me refiero a todas esas veces en las que el individuo en cuestión se envalentona a hablar con un guiri y éste no le entiende nada. O aquéllas ocasiones en las que el nativo le suelta una retahíla tras una pregunta y nuestro amigo no entiende NAAAAAAADA. ¿Qué esperas, que siempre te respondan como en los libros de texto? Más divertida es la razón por la que no se entienden:
“ Bueno, verás, es que a mí me están enseñando con acento de Munich, y éste tío era de Dresden”
Esa es la clave, Jason Bourne. Te voy a dar un consejo que vale millones. En el caso de que estés aprendiendo un tercer idioma, recuerda aprender lo antes posible: “¿Sabe hablar inglés?”.
FASE 4. Nivel básico.
Ahora sí. Ahora sí. Sí señor, YA puedes decir que sabes defenderte en el idioma. Cuando seas capaz de hacer chistes o contar historias graciosas, que se rían, y que sea porque han entendido el chiste, puedes decir que sabes desenvolverte en ese idioma, es decir, que si te sueltan allí, no te morirás de hambre.
Por desgracia, poca, muy poca gente llega a este nivel, quedándose en los anteriores con más pena que gloria, pero luciendo en su CV el “nivel medio”. Se puede decir que oficialmente estás comenzando a aprender el idioma. Es como el judo, hasta que no tienes el cinturón negro no estás aprendiendo, y ahora toca subir “dans” (o como se escriba).
En este momento te empiezas a dar cuenta que antes no tenías ni zorra, y se te han bajado los humos. Pero no te preocupes, enhorabuena, a partir de ahora entras en el pequeño club de los españoles que saben algo de otro idioma.
Esta entrada fue portada de Meneame el 26 de Abril de 2009