En mis años mozos he tenido que enfrentarme en considerables ocasiones a un terrible enemigo cuya presencia en una ecuación bastaba para trastocar el buen funcionamiento de mi pituitaria. Se trata de la
entropía, o S para los amantes de la termodinámica.
Pero… ¿qué es la entropía?,
Según los libros, la entropía es el
desorden del universo.
“Toma castaña” sería la respuesta lógica si nos dejáramos llevar por los impulsos más primarios. Sin embargo, somos seres evolucionados y nuestro pávido planteamiento será más bien
“si llevo años sin ponerme de acuerdo con mi madre sobre el desorden de mi cuarto, ¿cómo voy a calcular el desorden del universo?”.
Consultando una fuente de sabiduría que
limpia, fija y da esplendor, encontré que la entropía también se define como la
“Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema”. De aquí saqué dos conclusiones esenciales e igualmente trascendentales:
1.- Las pilas que se venden en los bazares tienen mucha entropía.
2.- Dios no existe.
Si bien la primera proposición es un axioma indiscutible, la segunda requiere un poco más de estudio. Partamos de la base de que dios creó todo, menos los tamagotchi que creo que se los debemos a un japonés. Además lo hizo en siete días; ya sabéis, hágase la luz, el agua, los portugueses con bigote… ¿Alguien se imagina a dios, con las prisas y agobios que da crear un universo, diciendo
“mmm, ya he terminado el pinsapo y los cangrejos de río, ¿qué le falta a mi creación? Ah, sí, una magnitud termodinámica que mida la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema. Pues hágase la entropía”? Personalmente lo dudo, por muy todopoderoso que fuera.
Y si resulta que sí existe y que él creó la entropía, entonces es un dios en el que no quiero creer.